1. Una idea sónica del Sur
El interés en el arte sonoro ha aumentado durante los últimos años. Artistas, curadores y académicos consideran que es uno de los campos de innovación en experimentación, estudio e investigación en el arte contemporáneo. Como disciplina emergente, se ubica en una categoría generada por una serie de paradigmas de conocimiento relacionados con la tradición cultural de Europa occidental y el mundo anglosajón.
Sin embargo, el tema de la alteridad en las artes sónicas no occidentales, en el marco de los discursos para-musicales construidos en Occidente durante las últimas décadas, recientemente ha sido objeto de reflexiones por parte de artistas, curadores y académicos, quienes -inspirados por un enfoque poscolonial o decolonial- han hecho surgir preguntas sobre la aplicación de la categoría de arte sonoro a una serie de prácticas y obras enmarcadas en contextos no-europeos y no-norteamericanos (Pisano, 2007, p.39).
A modo de ejemplo, Anna Raimondo señaló hace poco que “en la medida en que el arte sonoro transgrede un conjunto de reglas establecidas por el arte contemporáneo, se ha gestado dentro de una tradición cultural fuerte en la que emerge un discurso colonialista relacionado con el género, la raza y la pertenencia” (Raimondo, 2014). Fundado sobre un estatus epistemológico que responde a una tradición cultural y de pensamiento desarrollada en Occidente, el arte sonoro es una disciplina producida por la investigación académica, que se articula en torno a referencias geo-culturales ancladas en el marco de una matriz anglo-americana y europea y que con frecuencia tiende también a definirse a sí mismo por exclusión respecto a las voces y ‘lugares’ externos a su dominio.
Hace poco, Gavin Steingo y Jim Sykes argumentaron a favor de la necesidad de “reorientar los estudios sonoros hacia las preocupaciones del Sur”, reconociendo “que el terreno discursivo concebido por los estudios sonoros es relevante para entender el sonido en el Sur global, pero sobre todo en la medida en que conforma una parte fundamental de la historia global de la interacción sónica entre sitios del Norte y el Sur constituidos de forma diversa” (Steingo & Sykes, 2016). Así, el acto de “remapear” los estudios sonoros puede considerarse un gesto descolonizador, en el sentido de una “descolonización permanente del pensamiento” (2016). En este marco conceptual, ¿qué tipo de perspectivas emergen cuando enfocamos nuestra investigación hacia los contextos del Sur, enfocándonos en las prácticas del arte sonoro? ¿Cómo podemos reconocer que el terreno discursivo definido por los estudios sonoros durante los últimos años es relevante para entender la contribución de las prácticas del arte sonoro a un enfoque epistemológico del Sur global?
Si “el sonido es un vector que contribuye a revelar lo efímero y oculto en el mundo, abriendo espacios diferentes, visiones diferentes, enfoques diferentes a nuestra experiencia del mismo” (Pisano, 2015), el arte sonoro -deducido de su posible abstracción metafísica- se basa en el movimiento permanente del mundo. Sus lenguajes abren vías entre lo ordinario y lo extraordinario, perturban, trascendiendo la dimensión de la pura contemplación estética, todo lo que es reconfortante y hogareño, e introducen el estímulo de la otredad y del escape semántico al otro lugar. En otros espacios, en otros lugares, construyendo otras narrativas, cruzando territorios, redescubriendo historias, permitiendo múltiples dispositivos y, en últimas, cuestionando críticamente nuestra forma de vivir y habitar espacios y geografías.
En este sentido, el sonido nos ofrece un punto de vista desde el cual escuchar estos territorios complejos, llevándonos al descubrimiento de narrativas sonoras que emergen de las intersecciones de los movimientos, cuerpos, ideas y culturas del medio pos-global, revelando el sentido de una traducción cultural continua, donde los lugares se convierten en espacios de paso incesante. Escuchar (y, por supuesto, “oír”) esas narrativas no quiere decir recuperar el sentido lineal de la historia; más bien, se trata de una oportunidad para abordar la historia desde una perspectiva diferente y revelar sus aspectos ocultos.
Al construir conexiones temporales y abrir espacios estéticos de interacción entre diferentes territorios y geografías, podemos tratar con narraciones que hacen surgir diferentes preguntas: ¿es posible reformular un “pensamiento meridiano” (Cassano, 1996), que pueda expresarse mediante una voz independiente? ¿Es factible pensar un proceso de auto-representación enmarcado en una complejidad de “territorios traslapados e historias interconectadas” (Said, 1977) desde donde pueda surgir un Sur multidimensional e hibridizado? En sus resonancias y disonancias, este enfoque crítico abre la puerta a una reorientación de la práctica de escuchar que, a través de un enfoque estético que se vuelve político, proporciona otro acceso posible a la compleja experiencia de cruzar territorios y espacios y lugares habitados en la época contemporánea.
El sonido, como elemento que involucra diferentes niveles de investigación, despeja un camino no solamente para una reorientación de las coordenadas espaciotemporales que insisten en una visión Nor-Occidental del mundo, sino que también posibilita “un aparato crítico y teórico a través del cual es posible cuestionar las ideologías dominantes” (Pisano, 2015) al construir narrativas que abordan los distintos modos de aproximarse a los territorios, reapropiándolos.
La exploración sónica (paisaje sonoro, arte sonoro) que realizan ciertos artistas que trabajan con/en el Sur reflexiona sobre temas como la identidad y la frontera (“la línea divisoria y de contacto entre hombres y culturas” (Cassano, 1996)) al llamar la atención sobre una realidad irreductible y multiforme que no puede simplificarse en una sola dirección. A través de un punto diferente de escucha, narran historias de voces y lugares donde se dan “encuentros y corrientes” (Chambers, 2004), revelando una transformación histórica y una traducción cultural continuas donde el territorio en sí mismo se convierte en un espacio de tránsito incesante.
La reafirmación del Sur como sujeto de pensamiento depende de la deconstrucción de una serie de clichés que lo declaran como una simple categoría geográfica o una entidad fenomenológica mono-dimensional, negándole la autonomía asociada con la afirmación del pluralismo, la multiplicidad, la coexistencia, de una “medida” anti-universalista, de una “lentitud” primordialmente anti-modernista.
Con esto en mente, podemos argumentar a favor de una “epistemología” del Sur (de Sousa Santos, 2011), que apunta a encarnar el conocimiento y la experiencia del Sur global como una metáfora de la exclusión, el silenciamiento y la destrucción de culturas, pueblos y conocimientos. El concepto se basa en la idea de que “al interior del Norte global se experimenta un sentido de fatiga intelectual y política que se traduce en un fracaso a la hora de solucionar, de forma innovadora, los diferentes desafíos que el mundo enfrenta en estas primeras décadas del siglo veintiuno: social, medioambiental, justicia intergeneracional, cultural, histórico y cognitivo” (2011). Por el contrario, “el Sur global, en toda su diversidad, aparece hoy en día como un amplio campo de innovación económica, social, cultural y política, un espacio que apunta a incrementar la demodiversidad, donde los diálogos entre los conocimientos se traducen en condiciones de pluriversalismo” (2011).
Las prácticas de arte sonoro y, más en general, las investigaciones basadas en el sonido, proporcionan formas provocadoras e innovadoras de repensar una serie de preguntas sobre nuestra relación con la idea del Sur. ¿Se trata de una simple expresión de la latitud o el espacio, un método de pensar, una representación identitaria, o incluso un cliché? Este es el núcleo de un debate fragmentado y multiforme al que, en su búsqueda de una “dimensión” sónica del Sur, contribuyen muchos artistas, descubriendo que es imposible identificar un único Sur, que este Sur es plural y, una vez más, un concepto “epistemológico” donde se entretejen muchas posibilidades y caminos. Es un punto complejo de escucha en el que pueden converger y estar representados innumerables temas y visiones, por ejemplo, por la perspectiva fragmentada de la narrativa sonora.
Este artículo se enfoca específicamente en dos obras del campo cambiante y en expansión de las teorías y prácticas desarrolladas por numerosos artistas latinoamericanos: una instalación y proyecto de grabación desarrollado en el año 2012 por Fernando Godoy en el desierto chileno de Atacama; y “2487”, una instalación sonora y de internet realizada por Luz María Sánchez que aborda la práctica de la violencia en el área fronteriza entre Estados Unidos y México. El análisis de estos estudios de caso implica un compromiso crítico con nociones tales como “nuevas” geografías, fronteras, la práctica de mapear, la materialidad del sonido, así como con una propuesta para una posible aproximación al sonido del Sur. Las dos obras nos invitan a emprender un viaje a lo largo de lineamientos inusuales, en un sonido que deriva hacia un Sur geográfico aplastado en una serie de “rutas” acústicas que cuestionan el significado de una historia lineal, interrogada a través de parches de escucha que captan sus aspectos ocultos y le permiten ser “oída”.
2. Cómo hacer resonar ruinas en el desierto: “Atacama 22º 54 '24 "S, 68º 12' 25" O”
Algunas prácticas sonoras “medioambientales”, aunque basan su tamaño en la verticalidad o escala de un mapa (Carlyle, 2014) y se enfocan en la extensión de los espacios metropolitanos, suburbanos o subterráneos, son un preludio a la experiencia de espacios sonoros inusuales accesibles a través de los puntos de señalización de una cartografía en red. Se trata de lugares abandonados o residuales, a diferencia de aquellos que resultan de la planeación y ocupación territorial de las ciudades contemporáneas, pero también de espacios invisibles en extensiones infinitas, como el desierto de Atacama en Chile, tal como lo narra el estudio acústico de Fernando Godoy.
“Atacama 22º 54 '24 "S, 68º 12' 25" O” es un mapa sonoro presentado como una instalación en la que la experiencia del autor -compartida con el artista sonoro Peter Kutin- converge para narrar un viaje sonoro a través de la región más seca del globo terráqueo, llevado a cabo con un sistema de grabación sincronizado y multicanal usado para detectar los diferentes niveles de la experiencia acústica. Estas grabaciones se obtuvieron ampliando el espectro de la investigación, pasando de la verticalidad pura de los sonidos propagados en el aire a aquellos grabados directamente en contacto con la materia (dunas de arena, cristales de sal, agua y varias superficies), así como de listas de datos obtenidas y analizadas (GPS, temperatura y humedad) o capturadas en distintos rangos de frecuencia alrededor del espectro auditivo (por ejemplo, ondas de radio).
De este modo, el sonido se convierte en un dispositivo analítico capaz de cruzar lugares residuales en el desierto: ciudades fantasma, cementerios enterrados, minas abandonadas, edificios vacíos y campos. Ruinas desperdigadas dentro de complejos industriales activos cerca de minas de cobre y nitrato. Lugares ahora destruidos, erosionados o en proceso de desaparición, carentes de cualquier influencia humana activa. Dentro de este proceso de declive y disolución, los sonidos recolectados por Godoy y Kutin cuentan acerca de objetos que vibran y producen ecos con una clara presencia acústica. Fragmentos acústicos que reflejan la materia descartada, quemada por el sol y erosionada por el viento, revelándose a sí mismos como un milagro en un calor salado y espeso o aplastados y surgiendo a más de mil trescientos metros entre las grietas de las mesetas, luego hundiéndose en el barranco del océano, o resonando, arrastrados por el viento arremolinado de las dunas.
Sonidos capturados en los perímetros de telescopios diseñados e instalados en el desierto para documentar el pasado y recopilar datos a través de procesos de minería de datos, en torno a fuentes de luz que aún no existen. Máquinas y estructuras que algún día dejarán de funcionar en estas investigaciones, convirtiéndose en reliquias y ruinas del pasado.
Los sonidos de Atacama son fragmentos del discurso poético de la suspensión, en el que los cuatro elementos -aire, tierra, agua y fuego- parecen transmutarse y mezclarse entre sí, a partir de un silencio supremo e incesante. Caminar a través de este espacio infinito y olvidado, por medio del sonido, es experimentar ausencia y pérdida, sus resonancias, la retirada del horizonte espacial del que emerge otra temporalidad, donde la misma presencia física se nulifica como distancia infinita, y todo esto intensifica la relación inmersiva con el sonido, enfocándose menos en la espacialidad y la perspectiva de la distancia física, donde se funda la conexión fenomenológica del yo y el mundo.
De este modo el desierto se convierte en un territorio de memoria, creado por el silencio y la ausencia, por la posibilidad de experimentar un sentido de lugar expresado no solamente a través de la presencia física, sino requiriendo el reconocimiento y la aceptación de su lado “espectral”, que emerge a través de la intangibilidad y ambigüedad del sonido. Si la experiencia de escuchar está intrínsecamente ligada a la pérdida y ausencia, sus “referentes” re-surgen continuamente a través de ella, como en un río subterráneo, forzándonos a reconsiderar inesperadamente el significado del presente.
Atacama es un espacio de evocación, de memoria, de una pérdida sobrecogedora sufrida por madres y mujeres que han pasado años en busca de los restos de sus seres queridos, fragmentos de huesos, partes de cuerpos y pertenencias personales enterradas durante la exterminación llevada a cabo por la dictadura chilena. En los mismos lugares donde hoy los científicos disfrutan las mejores condiciones para estudiar la luz de un universo más joven y donde investigan fenómenos cósmicos que se remontan a miles de millones de años atrás, los secretos de cuerpos torturados y retenidos en cautiverio por la tierra durante cuarenta años yacen enterrados e inaccesibles, causando que el paisaje colapse en un silencio de pánico sin fin.
El sonido del desierto nos jalona hacia la ansiedad y el sentido de ruina, pérdida y silencio que permea lo espacios desérticos. Nos invita, adoptando una perspectiva acustemológica, a repensar el espacio-tiempo desde donde se extrapolan estas grabaciones, volviéndolo problemático y abierto y proporcionándonos un lenguaje crítico adicional con el cual registrar y aceptar la complejidad y volver a trazar las trayectorias de la historia, dándole voz a narrativas olvidadas y enterradas en las arenas del desierto.
A través de la dimensión de la escucha, el desierto revela su potencial como espacio performativo que afecta lenguajes analíticos y que desata un proceso crítico que cuestiona los mapas epistemológicos del conocimiento al ofrecernos una posible renegociación de los significados del lenguaje mismo.
En la obra de Godoy, la experiencia del sonido se mueve hacia un Sur geográfico que también es el Sur en un sentido epistemológico, circunscribiendo tramos de desierto, reposando en las fisuras de paisajes extremos sin presencia humana, poblados únicamente por voces silentes. Los relatos sónicos de esta cartografía insisten en un espacio abierto en el cual percibir la miríada de voces en tránsito y los lenguajes que describen la variedad de los paisajes ocultos ante nuestros ojos, y donde los sonidos articulados parecen mediar entre el oyente y un sentido de lo remoto, infiltrando los objetos arquitectónicos, oscuros y liminales en los intersticios de un pasaje sonoro que nunca colapsa sobre sí mismo.
Estas historias revelan una fuerte dimensión metafísica: por una parte, la práctica de escuchar es un preludio a una experiencia que comprende una permeabilidad continua y recíproca entre la dimensión sonora y los infinitos mundos posibles que pueden construirse y experimentarse a través de la intermediación de la percepción acústica. Por otra parte, le revelan a nuestros sentidos una verdadera metafísica de la marginalidad, de lo secundario, donde surge la urgencia del aquí y ahora, capaz metafóricamente de profundizar y hacer eco de una serie de significados “centrales”.
Aquí, la escucha nos permite no solamente expandir nuestro mapa al añadir otros nuevos puntos de referencia al mapeado de la percepción, sino también cuestionar las posibilidades del sonido -como el continuo de lo que percibimos acústicamente- para descentralizar nuestra mirada y producir mapeos críticos re-orientados hacia territorios marginales y periféricos o geografías que llevan incluso a otro enfoques ecológicos posibles.
3. Escuchando las fronteras y los espacios de en-medio: “2487” de Luz María Sánchez
Cuando consideramos las fronteras como límites culturales o geográficos, aceptamos el proceso de interacción simbólica entre culturas e identidades de “en-medio” descrito por autores como Homi K. Bhabha (Bhabha, 1994) y Mariana Ortega (Ortega, 2004), quienes reflexionan sobre los espacios de en-medio como contextos múltiples y simultáneos de conexión, movimiento y tránsito que obligan al sujeto a negociar tanto el espacio exterior como interior. En este sentido, tratar con fronteras y espacios intersticiales conduce a una interrogarse sobre la identidad espacial existencial, la nacionalidad, el género, la raza y la historia.
¿Cómo podemos explorar las fronteras, los espacios intersticiales y los lugares a través del sonido? ¿En los contextos migratorios, por ejemplo? ¿Cómo podemos experimentarlos a través del acto de escuchar? Escuchar las fronteras, los límites o el espacio intersticial nos sumerge en paisajes sonoros donde la presencia y la ausencia fluyen y -a través de dispositivos de escucha y arte sonoro- nos ofrece una reinterpretación de las superficies y texturas de la historia, que constituyen un preludio a la posibilidad de experimentar rupturas, interrupciones y elementos removidos en la narración de las fronteras.
Como escribió John-Michael Warner (Warner, 2013), la noción de “rastro”, tal como la define Benjamin, funciona bien como herramienta teórica productiva capaz de revelar niveles y conflictos incrustados en narraciones, por ejemplo, en la frontera entre Estados Unidos y México. “Rastro” es una de las traducciones posibles de la palabra alemana “Spur”, que puede indicar, por ejemplo, huella, vestigio, signo, estela. Sumergirse con el cuerpo en un espacio acústico también implica la posibilidad de detectar pistas sonoras y dar testimonio de la presencia de elementos que de otra forma se verían opacados por una historia dominante.
Las experiencias de un interior y exterior, de una escucha global y focal, y de escuchar nuestro cuerpo y los mundos posibles generados por los sonidos ambientales en los que estamos inmersos, reflejan nuestras identidades sónicas a través de los rastros de lo que Janette El Houli llama “voz nomádica” (El Haouli, 2006). Estas identidades vibran entre lenguajes nativos e híbridos, entre acentos múltiples y oblicuos. Se afirman a sí mismas como una voz no lineal, sin un territorio fijo, como un puente para superar valores preestablecidos y preguntas heredadas.
La creación de capas narrativas adicionales se relaciona con un conocimiento generado por una nueva lectura de rastros evidentes, que por lo tanto se convierte en un proceso epistemológico y fenomenológico a través del sonido que transforma el conocimiento del pasado para permitir nuevas interpretaciones del presente. Estos rastros -simultáneamente materiales y estéticos, e inteligibles a través de una inmersión profunda y de procesos de escucha profunda (Oliveros, 2005)- posibilitan reimaginar paisajes más allá del desierto de la frontera estadounidense, más allá de los lugares abandonados y controlados por el poder, más allá de los refugios negados en el Norte de México.
El trabajo de Luz María Sánchez produce narrativas sónicas que representan discursos contra-hegemónicos relacionados con elementos omitidos o borrados en las narraciones del poder. Si las estadísticas numéricas son instrumentos de persuasión y narración dominante, es posible contrastarlas con una lectura de la naturaleza racial y de género de las estadísticas como hechos de una verdad foucaultiana (Foucault, 2001).
En “2487”, Luz María Sánchez utiliza las artes sonoras para introducir elementos disruptivos en la representación estadística mono-narrativa de la violencia institucional en la frontera Estados Unidos-México. La artista sonora mexicana se concentra en los 2.487 muertos encontrados en la región fronteriza entre Estados Unidos y México entre 2004 y 2006, creando una instalación sonora para Artpace San Antonio (ahora disponible como exhibición en línea). A los visitantes al espacio del museo se les invita a sentarse en salas semi vacías con parlantes estratégicamente ubicados que proporcionan la experiencia de una instalación. El acceso a internet extiende el alcance físico de la obra a lo largo de los límites geográficos de Texas, transponiéndolo desde el espacio público del museo a la dimensión privada del computador portátil.
Reterritorializado en este contexto, el espacio fronterizo de “en-medio” mediado por el internet actúa como un nuevo espacio mediático aumentado tanto para escuchar como para interactuar, fomentando la creación de un lugar familiar al establecer conexiones y espacios compartidos en redes digitales.
Al mismo tiempo, escuchar performances sónicos en línea, como lo escribe Franzisca Schroeder (Schroeder, 2013), sugiere la idea de un cuerpo performativo como si estuviera en un “estado de en-medio”, identificando un desplazamiento de la atención performativa -un movimiento “desde sí mismo hacia el otro”. Las posibilidades sónicas, espaciales, mediatizadas, culturales y performativas de la interacción en red, en últimas identifican, como lo señala Ximena Alarcón, “un territorio virtual para experimentar el en-medio en el contexto migratorio” (Alarcón, 2014).
En el núcleo del proyecto de Luz María Sánchez está la estructura narrativa ilustrada por la voz del artista. La voz menciona, uno a uno, los 2.487 nombres, usando el sonido para forzar a la audiencia a relacionarse directamente con la representación numérica general y, al mismo tiempo, con cada una de sus partes.
La perspectiva de “2487” revela el impacto destructivo de la militarización de las fronteras en las vidas humanas, invirtiendo la retórica cristalizada por la presencia del tema de la inmigración en la narración mediática, articulada en una oralidad formulada expresada por el “ellos” (Casillas, 2011), una figura sónica que deshumaniza y deslegitimiza, definiendo el núcleo de las alegorías nacionalistas de ciudadanía e intercambio. Pero “2847” también revela el poder del aparentemente inocente acto de escuchar, uno a uno, los nombres de cada cuerpo, iterados hasta saturar el espacio mental y acústico del oyente:
José Salomon López
Francisco Torres Santiago
Leticia Torres Solis
Adolfo Sánchez
Enrique Soto Pacheco
Guadalupe Valdez Sandoval
Antonio Sánchez Morales
Juan Antonio Sánchez Reyes
Patricia Trinidad
...
Con la pronunciación de la artista, cada uno de los nombres encuentra una voz en su tono firme, fuerte, solemne. La solemnidad viene del texto mismo, compuesto de nombres, y del trabajo del sonido. Es el sonido de una llamada no respondida, una lectura en silencio, un rosario en honor a un hombre muerto, una tradición religiosa muy conocida para muchos latinos. Es una voz que no cambia de timbre ni de altura ni de tono, que no se dobla ni pierde poder, que no abandona su fuerza. La narración sonora trabaja de la mano con una meta-narración digital que se expresa en la lista detallada de cada uno de los nombres y que está en la base de datos del sitio web, que contiene la lista de nombres, la ubicación donde los cuerpos fueron encontrados, la edad que se presume tenían al morir, los orígenes (cuando se conocen) de cada víctima, y la causa de la muerte. Muchas de las columnas en esta base de datos tienen espacios marcados con la palabra “desconocido”, o simplemente se han dejado en blanco, salvo los nombres de las víctimas. “2847” es una experiencia de escucha compleja y profunda, llena de tensión, fuerza y poder.
A Luz María Sánchez le preocupa perturbar, destruir cualquier posibilidad de escucha pasiva. Ajusta los sonidos asimétricamente, libres de cualquier cadencia rítmica o patrón. La compilación de ocho pistas nunca es monótona; fluye y progresa en un continuo aleatorio de momentos reflexivos, perturbadores y angustiantes, con pocas pausas. Los nombres se escanean de forma aislada, a veces sobreponiéndose, ilustrando los patrones orgánicos de la migración en un gesto audible que se proyecta hacia la “diáspora” del título de la obra.
Tal como lo recuerda Dolores Inés Casillas, “incluso en la medida en que [Luz María] Sánchez le da voz y dignidad a una estadística basada en cadáveres, el tema de la muerte ciertamente no es fácil de traducir” (2011). En la obra de Luz María Sánchez, el tema de traducir la muerte pasa del plano visual al auditivo. Nombres y palabras leídos uno tras otro, iterados, que se sobreponen para señalar las fracturas de una narrativa activada e interrumpida, paradójicamente, por la tecnología. Aquí, el sonido expresa la posibilidad de reimaginar las prácticas artísticas fronterizas como formaciones críticas, en un discurso, a lo largo de la frontera construida entre Estados Unidos y México. Se convierte en un dispositivo que enfatiza los modos de vigilancia y opresión que hacen de la frontera una intersección de paradigmas geopolíticos y biopolíticos dominantes.
Lejos de los modos y modelos narrativos del arte sonoro, donde el paisaje sonoro con frecuencia funciona como una etiqueta neutral para un cuerpo de sonidos organizados capturados en un entorno circundante, la construcción sonora de Sánchez representa un metapaisaje generado en el límite, en un espacio de en-medio que se abre a sí mismo para dilucidar rastros removidos y revelar -a través de mecanismos que transforman el sonido en un dispositivo que utiliza energía y sistemas de control para gobernar modos de interacción- la articulación de discursos hegemónicos construidos sobre las fronteras.
Aquí el proceso de escucha activa procesos estéticos y críticos que, a su vez, extienden el análisis del lenguaje a los elementos culturales removidos, ilustrando la forma en que el sonido mismo puede configurarse como un dispositivo ontológico, no solamente para revelar una serie de narrativas ocultas en los pliegues de las trayectorias de la modernidad, sino también para efectuar un proceso multinivel de reapropiación física, política y cultural. A través de este proceso, los documentos, voces, objetos y silencios en un archivo resistente se sobreponen a los mapas contingentes de un espacio crítico emergente. El sonido se desliza sigilosamente en los mecanismos de poder para convertirse en una narración de verdad, no en un sentido ontológico, sino más bien con su propio punto de vista.
Reubicada más allá de un perímetro estrictamente geográfico e interrogada mediante la fugacidad y materialidad del sonido, la idea del Sur desata una serie de reflexiones sobre los conceptos de cartografía, identidad, comunidad, relaciones globales y locales, y prácticas coloniales. Siguiendo esta trayectoria, la indagación a través del arte y el sonido se abre a una negociación de significados en torno a la producción cultural y las jerarquías, analizadas desde una perspectiva heterotópica.
Este camino se construye a lo largo de líneas inusuales, atrapadas en una fuerza geográfica, aplastadas en una serie de rastros acústicos que cuestionan el sentido de toda historia lineal, interrogadas mediante puntos de escucha que hacen posible “oír” otros sonidos. Este desplazamiento sónico hacia el Sur señala un punto de aterrizaje temporal desde el cual despegar de nuevo, para desarrollar perspectivas adicionales que recojan todos o parte de estos desafíos, preparando el terreno para paisajes/paisajes sonoros adicionales, para otros desplazamientos, para nuevas rutas de escape trazadas por rutas de escucha infinitas e impredecibles.
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